No hay esperanza sin acción

Nota. Este prefacio aparece originalmente en el libro Construir una rebelión positiva: Crear nuevos futuros educativos.

Nada es más político que la educación. Como la política, está en un punto de quiebre. Las viejas garantías de que la escuela abriría puertas, aseguraría movilidad y prepararía a las personas para el futuro se deshacen en tiempo real. Las instituciones construidas sobre esas promesas se tensan bajo sus propias contradicciones. Las aulas siguen llenas. Los títulos siguen circulando. Las ceremonias continúan como siempre, mientras el significado que las sostiene se vuelve más delgado. La confianza pública en la educación como camino de progreso se erosiona mes a mes. Enfrentamos una dura paradoja. Nunca antes tanta gente en el mundo había seguido trayectorias de escolarización formal, y nunca su valor se había sentido tan incierto. Los algoritmos reordenan la frontera entre hecho y ficción. El ascenso del poder autoritario estrecha lo que la gente puede decir o hacer. La sombra llega a la vida cotidiana, más allá de la abstracción.

Las grietas se ven con facilidad. El modelo fabril de escolarización, producto de la modernidad industrial, moldeó la educación para responder a las necesidades de burocracias y líneas de ensamblaje. Esa línea de ensamblaje industrial sigue viva en cohortes organizadas por edad, timbres que dictan el inicio y el final del pensamiento, y currículos estandarizados que tratan al profesorado como mecanismo de entrega. El estudiantado se adapta a rutinas institucionales, mientras las instituciones rara vez se adaptan al estudiantado. Clasificación, obediencia y eficiencia opacan la indagación. El currículo se estrecha en listas de verificación. La juventud aprende a jugar con el sistema para obtener notas y credenciales, incluso cuando el aprendizaje real es débil. Muchas personas aprenden a ocultar la curiosidad para sobrevivir.

El contrato social que animaba este sistema se rompió. La promesa de “trabaja duro, logra metas y asegura una jubilación feliz” ya no coincide con la realidad vivida. Las y los graduados enfrentan mercados laborales precarios, costos en alza y desigualdad creciente. Las credenciales funcionan menos como puertas de entrada que como filtros costosos. Mientras tanto, las instituciones prolongan estudio y deuda no para apoyar el crecimiento, sino para postergar un ajuste de cuentas con economías incapaces de absorber a quienes ellas mismas gradúan. El sistema se sostiene al prometer más de lo que entrega y al monetizar esa brecha.

Esta es una crisis cultural tanto como económica. Los rituales de clases magistrales, exámenes y graduaciones pueden sentirse como teatro cuando los resultados no cumplen las expectativas. Las familias presionan a niñas, niños y jóvenes para que tengan éxito debido al miedo en lugar de confianza. Incluso quienes destacan según las medidas institucionales describen una desalineación entre lo que se les enseñó y las realidades que enfrentan. La confianza se erosiona en las escuelas, en los liderazgos y en la propia idea de la educación como bien público.

En ese vacío prospera la política autoritaria. El poder prueba cuánto puede empujar antes de que la gente se rebele. Lo vemos ahora, mientras escribo, en Minneapolis, donde la fuerza federal enfrenta la resistencia barrial con armas, vigilancia e intimidación. De esta ciudad a muchas otras, el alejamiento de la libertad se expande. Las escuelas quedan atrapadas en guerras culturales. El poder ejecutivo unitario define qué temas son permisibles. Los libros de texto se higienizan. Las bibliotecas enfrentan campañas de censura. Se monitorea al profesorado. Se castiga el disenso. La retórica de restaurar la disciplina, volver a estándares y proteger a la niñez suena protectora, pero asfixia porque se usa como arma contra la niñez. La indagación se vuelve deslealtad. La complejidad se vuelve una amenaza. El aula se vuelve escenario de control político, no espacio de pensamiento.

Cuando el pueblo resiste, los hábitos aprendidos en las aulas deciden si se resignan o si se colocan junto a sus vecinos.

Por supuesto, escribo desde un lugar y una historia, con conciencia de que otras regiones llegaron a esta crisis por rutas distintas, mediante extracción colonial, exclusión lingüística y acceso desigual al poder. Aun así, las disputas por el poder, y las herramientas usadas para moldear el aprendizaje, resuenan entre culturas.

Las presiones existentes se endurecen, y su ritmo y alcance superan cualquier respuesta conocida. La inteligencia artificial y tecnologías afines rehacen conocimiento, trabajo e interacción humana, y aun así la escuela responde mecanizando hábitos que ya habían fallado. Plataformas vendidas como innovación clasifican aprendices, monitorean atención y predicen conducta con una precisión que ninguna persona debería ejercer. Los algoritmos imponen obediencia sin vías de apelación. La instrucción cambia poco; el aparato de control se acelera de forma exponencial con la potencia computacional.

Este fracaso es peligroso. Las tecnologías, en especial la IA, no se construyen para servir a la educación; se construyen para servir mercados e intereses de unos pocos propietarios. Pueden reforzar sesgos, expandir vigilancia y mercantilizar datos estudiantiles. Cuando las instituciones resisten adaptarse, convierten al estudiantado en fuente de datos y material de entrenamiento para plataformas que no controlan. Obsolescencia y explotación pasan a ser rasgos del sistema, no consecuencias. El desafío no es encajar la IA en la escolarización tal como existe, sino reimaginar la educación a la luz de lo que estas tecnologías significan para el aprendizaje, la agencia y los futuros humanos.

Mientras tanto, las crisis a lo largo del planeta exigen nuevas formas de aprendizaje para enfrentar dilemas emergentes. Disrupción climática, pandemias, desplazamiento masivo y gobernanza algorítmica son amenazas presentes. Sin embargo, la educación suele avanzar como si el futuro fuera espejo del pasado, actualizado con dispositivos nuevos. Estudiantes con ganas de prepararse para mañana encuentran soluciones de ayer, vaciadas de relevancia. Rutas cuidadosamente programadas hacia el logro se quiebran cuando personas e instituciones enfrentan complejidad real.

Cuando el aprendizaje se reduce a adoctrinamiento, la búsqueda de la verdad cede ante la preservación del poder. El estudiantado recibe órdenes en vez de agencia y libertad. Las universidades también arriesgan silencio cuando presiones reputacionales o financieras pesan más que la libertad académica. Cuando la curiosidad y el coraje dejan de nutrirse, la vida cívica se estrecha y el potencial de autorrealización se reduce.

Esto plantea una pregunta central: ¿para qué sirve la educación, si no puede preparar a las personas para defender la verdad, dignidad y capacidad de prosperar juntas en este siglo? Agregar cursos, superponer dispositivos o externalizar dirección a mercados no resuelve problemas estructurales. Estas respuestas mantienen a las instituciones en soporte vital mientras bloquean la renovación.

Este libro casi se tituló No hope without action (No hay esperanza sin acción), después de largas conversaciones sobre lo que “esperanza” significa en realidad. Nietzsche (1996) llamó a la esperanza el mal más cruel, dejado en la caja de Pandora para prolongar el tormento humano. Paulo Freire (1994) respondió con esperanza crítica, una esperanza ligada a lucha y práctica en lugar de espera pasiva. Erich Fromm (1992) describió la esperanza como orientación activa, una disposición interna hacia lo posible que resiste la pasividad e insiste en el compromiso. Entre estas miradas se ubica nuestra preocupación: la esperanza puede sostenernos, pero sin acción se vuelve excusa para mantener el status quo.

En momentos como este, la acción no puede quedarse dentro de las líneas. Instituciones entrenadas en obediencia tratan el disenso como defecto y lo llaman orden. Absorben crítica educada y luego siguen igual. Si la educación va a servir a la dignidad, la verdad y la autodeterminación, debemos rechazar prácticas que entrenan obediencia y construir otras nuevas a la vista de todas y todos. Necesitamos una rebelión positiva.

Así, el título de este libro nos acerca a una respuesta a esa pregunta con una orientación y un método. Construir una rebelión positiva alude a una negativa disciplinada frente a prácticas que dañan, estrechan o deshabilitan a las personas, combinada con el trabajo de construir mejores opciones en público, donde aprendices, familias y comunidades puedan verlas, moldearlas y exigirles rendición de cuentas. Positiva significa constructiva, situada y responsable ante aprendices y comunidades. Crear nuevos futuros educativos usa el plural de “futuro” de forma intencional, porque los contextos difieren y ningún modelo único debería reclamar autoridad universal. No podemos conocer el futuro con certeza, pero sí podemos elegir qué nos guía mientras construimos nuestros mejores futuros.

Y, aun así, la esperanza persiste. La gente se aferra a la educación porque todavía cree en su promesa más profunda: una práctica compartida de producir sentido, desarrollar capacidades y construir futuros en conjunto. Ninguna otra institución concentra tanta confianza. La pregunta es si esa promesa puede recuperarse antes de que las contradicciones del modelo viejo detonen un colapso.

Identificar el problema es el primer paso. Como señaló este prefacio al inicio, la educación es política. Produce desigualdad mientras promueve movilidad. Comercializa innovación mientras se aferra a paradigmas heredados. Invoca libertad mientras impone obediencia. Ajustes superficiales no pueden resolver estas tensiones. La educación debe rediseñarse para centrar experiencia vivida, cultivar agencia y responder a las exigencias de este siglo.

El rediseño también exige una relación nueva con el conocimiento. La información se puede almacenar. El conocimiento emerge cuando las personas producen sentido y actúan sobre él. Sistemas que premian recuerdo por encima de comprensión colapsan estos niveles en uno solo. El remedio no es bajar estándares, sino mover el rigor a otro lugar: formular preguntas reales, lidiar con la incertidumbre, poner modelos a prueba, publicar trabajo que importe y revisar en público. El rigor debe basarse en evidencia, pero la evidencia debe reflejar aprendizaje auténtico, por ejemplo desempeños, prototipos, portafolios e impacto, no métricas estrechas.

La tecnología pertenece a este rediseño, pero con propósito. Las herramientas amplían capacidades humanas cuando apoyan modelado, diseño, colaboración, creación y juicio. Distraen cuando automatizan el juicio, premian espectáculo o vigilan sin confianza.

Equidad, ciudadanía planetaria y realidades ecológicas deben estar integradas en la educación. Sistemas que reproducen brechas previsibles por clase, raza, género, lengua o geografía lo hacen por diseño. Reparar exige rediseñar: dirigir recursos a sitios de daño, amplificar saberes marginados, orientar admisión y ubicación, involucrar a las familias y medir pertenencia y crecimiento en lugar de flujo de salida.

Culturas de miedo y control silencian a quienes aprenden. Culturas de confianza habilitan la toma de riesgo. En instituciones orientadas a la confianza, romper reglas se vuelve disciplina, no reflejo. Algunas reglas protegen equidad o seguridad. Otras persisten para sostener hábitos que ya no sirven al aprendizaje. Romper una regla con responsabilidad exige nombrar el propósito que antes cumplía, el daño que ahora causa y el estándar que la reemplazará.

Manifesto 25 surgió como advertencia y como llamado a la acción. Rechaza la arquitectura escolar de miedo, ansiedad y desconfianza que suele ocultarse detrás de estandarización, obediencia y credencialismo. El Manifiesto contiene veinticinco principios para repensar la educación en un mundo marcado por disrupción ecológica, tecnologías que se aceleran, inequidades crecientes y autoritarismo en ascenso. Estos principios ofrecen bases para construir mejores futuros, en especial en lugares donde el derecho a la autodeterminación se disputa. Afirman que aprender es un derecho humano, que dignidad y agencia son requisitos para crecer, que la tecnología debe servir fines humanos y planetarios, y que equidad y responsabilidad compartida son esenciales para nuestro bienestar. En conjunto, ofrecen un referente para juzgar si la educación responde a las exigencias de este siglo o si se repliega en hábitos del siglo anterior.

El objetivo de Manifesto 25 no es prescribir soluciones uniformes, sino anclar una orientación compartida: principios que las comunidades puedan adaptar, disputar y ampliar en sus propios contextos. Si no podemos conocer el futuro con certeza, todavía podemos acordar qué debe guiarnos cuando lo diseñamos. Sin esa orientación, la educación se rezaga más, cubre crisis con parches en lugar de prepararnos para enfrentarlas. Con ella, tenemos una brújula para la renovación.

Este libro acompaña a Manifesto 25. Cada capítulo explora un principio con más profundidad, lo conecta con buenas prácticas y ofrece guía para actuar. Entretejidos en el texto aparecen dos intermezzos: uno recoge voces de jóvenes que enfrentan obediencia en un mundo que exige agencia; el otro reúne reflexiones de signatarias y signatarios sobre dónde la libertad de aprender se defiende o se restringe. Junto con ellos, cahiers (como los Cahiers de Doléances de la Revolución Francesa), cuadernos de ideas, quejas y experimentos, aparecen como espacios de testimonio, crítica y diseño, y extienden la conversación más allá del texto hacia la experiencia vivida. La estructura nos mantiene cerca de los principios mientras permite que práctica y reflexión respondan de vuelta.

Este libro no es un guión. Ofrece herramientas y provocaciones. Usa lo que te ayude. Deja de lado lo que no. Agrega lo que tu contexto requiera. El manifiesto llama a elegir, no a obedecer a ciegas. ¿Qué vas a defender? ¿Qué vas a retirar? ¿Dónde vas a construir?

Las grietas del orden viejo son inconfundibles. Que colapsen en fracaso o se abran a la renovación depende de decisiones que se tomen ahora, en escuelas y ministerios, en familias y barrios, en aulas y consejos. Si la educación sigue administrando apariencias, seguirá perdiendo confianza. Si gira hacia agencia, sentido, equidad y cuidado planetario, puede volver a ser aquello que la gente cree que debe ser: una práctica de libertad, un oficio de construir futuros y un lugar donde se aprende coraje y donde la rebelión se vuelve una forma de amor.

Construyamos una rebelión positiva.

John W. Moravec
Minneapolis, Minnesota
Marzo de 2026


Referencias y recursos adicionales.