En un aula, un estudiante copia apuntes sobre una guerra de hace siglos. Fuera de la escuela, crea modificaciones de videojuegos, edita vídeos para redes sociales y debate política en foros globales. Otro aprende fórmulas sin comprender para qué sirven, aunque ayuda a administrar un presupuesto familiar afectado por inflación, inseguridad habitacional y alteraciones relacionadas con el clima.

Estas escenas muestran una brecha creciente entre lo que ocurre en la escuela y cómo viven y aprenden los estudiantes fuera de ella. Mientras el aula exige obedecer un currículo fijo, los jóvenes se desenvuelven en sistemas sociales y tecnológicos complejos que requieren adaptación, pensamiento crítico y creatividad. Cuando esta distancia crece, la escuela corre el riesgo de desconectarse de las realidades que más importan a quienes aprenden, debilitando su pertinencia y propósito.

Portada de Construir una rebelión positiva
Este artículo se adaptó como capítulo de Construir una rebelión positiva: Crear nuevos futuros educativos (edición impresa y descarga en PDF).

Los sistemas educativos de todo el mundo siguen vinculados a diseños del siglo XIX. Las escuelas conservan buena parte de su funcionamiento original bajo un paradigma industrial «1.0», concebido para producir trabajadores obedientes y ciudadanos dóciles para las economías industriales. Los horarios uniformes, la enseñanza centrada en el docente y las evaluaciones estandarizadas reflejan esa herencia. Estas estructuras cumplieron una función histórica, pero pierden correspondencia con el mundo digital, interconectado y cambiante que habitamos.

Nota. Las etiquetas 1.0, 2.0 y 3.0 proceden del marco presentado en Knowmad Society (Moravec, 2013) para describir la evolución de los sistemas educativos. La educación 1.0 refleja el modelo industrial y se centra en obediencia y transmisión de información. La educación 2.0 introduce enfoques centrados en el estudiante, aunque el docente sigue dirigiendo. La educación 3.0 avanza hacia cocreación, aprendizaje en red y cultura participativa. Ante futuros 4.0 y 5.0, marcados por IA, alteraciones ecológicas e interdependencia global, las escuelas deben convertirse en plataformas de innovación, colaboración y creatividad que superen la transmisión pasiva de información y la formación de capacidades industriales.

Estas metáforas generacionales, incluidas en Manifesto 25, expresan cómo evoluciona la sociedad entre olas tecnológicas y culturales, mientras la mayoría de las escuelas permanece en el paradigma anterior:

Las escuelas 1.0 no pueden educar a jóvenes 3.0, 4.0, 5.0… Las escuelas diseñadas para la era industrial carecen de respuestas a las necesidades de una era digital e interconectada. Debemos redefinir y comprender para qué educamos, por qué lo hacemos y a quiénes sirven nuestros sistemas educativos. La escolarización obligatoria convencional se basa en un modelo obsoleto del siglo XIX para formar ciudadanos que puedan convertirse en trabajadores de fábrica y burócratas obedientes. En una era posindustrial y cada vez más digital, la educación necesita otro propósito. Debemos apoyar a quienes aprenden para que innoven y utilicen su imaginación y creatividad para producir nuevos resultados para la sociedad. Los desafíos actuales requieren formas de pensar que superen las del pasado. Todos compartimos la responsabilidad de crear futuros con resultados positivos que beneficien a las personas de todo el mundo.

Los estudiantes de hoy, los desafíos de mañana

Muchos estudiantes crecen en un mundo hiperconectado, moldeado por ecosistemas digitales, medios participativos y acceso inmediato al conocimiento global. Construyen identidades en varias plataformas, se desenvuelven entre culturas que se superponen y colaboran con pares de otros lugares en tiempo real. Su vida cotidiana requiere adaptación, pensamiento sistémico y creatividad. Se espera que afronten inestabilidad climática, polarización política y disrupción tecnológica, pero carecen de herramientas para comprender un mundo que ofrece pocas respuestas sencillas. La sociedad les exige innovar, liderar y resolver problemas, mientras la escuela suele prepararlos para funciones y estructuras que han dejado de existir.

La estructura y cultura escolar permanecen atadas a currículos estáticos, horarios rígidos y evaluaciones que priorizan recuerdo y rutina sobre comprensión e invención. La aceleración tecnológica y la complejidad social amplían la distancia entre lo que los estudiantes necesitan y lo que las escuelas ofrecen. Las aulas suelen desconectarse de los mundos dinámicos que los jóvenes habitan fuera de ellas, dejando a muchos sin estímulo, inspiración o atención suficiente. El coste se expresa en desconexión, potencial perdido y falta de preparación para liderar cambios que tengan sentido.

Avanzar exige reconsiderar el propósito y la estructura de la educación. Las escuelas deben desarrollar imaginación, pensamiento crítico, razonamiento ético, colaboración y capacidad para generar respuestas originales a problemas emergentes. Deben apoyar a los estudiantes como creadores activos de conocimiento y participantes en la construcción del futuro (Fullan, Quinn y McEachen, 2018).

Este cambio comienza con dos preguntas: ¿Para qué educamos y en beneficio de quién? Con frecuencia, los sistemas se diseñan para servir a los mercados laborales, las instituciones políticas y los relatos culturales dominantes, con escasa atención a quienes aprenden. El sistema escolar se construyó para clasificar, controlar y disciplinar. Prepara a los estudiantes para ocupar funciones predefinidas y limita las oportunidades de cuestionarlas o cambiarlas.

Lo bastante capaces para resultar útiles y obedientes

Como expresó George Carlin (2005), el objetivo consistía en producir trabajadores «lo bastante listos para manejar las máquinas» y «lo bastante tontos para aceptar de forma pasiva estos trabajos cada vez más de mierda». Sus palabras señalaban una estrategia deliberada para fabricar obediencia y suprimir pensamiento crítico. Los algoritmos, la automatización y los sistemas distribuidos han sustituido buena parte de las máquinas que definían el trabajo fabril. Sin embargo, la lógica del control y la eficiencia sigue moldeando las escuelas. ¿A quién beneficia?

Este modelo industrial trata a los estudiantes como insumos de una cadena de producción: los procesa, mide y clasifica mediante criterios estandarizados. Premia la uniformidad y penaliza la diferencia. Suele considerar la imaginación una perturbación. El resultado es un sistema que reduce la curiosidad para conservar el orden y favorece la competencia técnica por encima de la imaginación ética. Aunque la formación para operar máquinas haya cambiado, seguimos preparando personas para encajar en la maquinaria de la obediencia. Esto resulta incompatible con las exigencias de nuestra época.

¿A quién debe servir la educación?

Lo que sabemos sobre quienes aprenden, sobre la sociedad y sobre la escala de nuestros desafíos indica que los sistemas basados en estandarización y clasificación han perdido suficiencia. La empleabilidad y el rendimiento académico ofrecen un propósito limitado. Debemos educar para la supervivencia compartida, la renovación democrática y la capacidad colectiva de construir futuros equitativos. La educación determina qué voces se escuchan, qué saberes adquieren legitimidad y qué futuros se hacen posibles. Para asumir ese papel, debe dar a todos los estudiantes medios para comprender la incertidumbre, actuar con imaginación ética y participar en un mundo marcado por interdependencia y cambio.

El modelo actual privilegia las normas y formas de conocer dominantes y desatiende a estudiantes cuyas lenguas, culturas y experiencias quedan fuera de ellas. Estas exclusiones proceden de diseños heredados que imponen jerarquía y uniformidad. Reimaginar la educación comienza por reconocerlo y comprometerse con otro futuro. Este requiere que estudiantes, docentes, familias y comunidades que han sufrido marginación participen con pleno derecho en las decisiones. La educación debe imaginarse y construirse con ellos, desde la agencia, la dignidad y la propiedad compartida.

Reimaginar las estructuras escolares

Para mantener su pertinencia, las escuelas deben superar la organización de la fábrica. Esto implica reconsiderar cómo se organizan y abandonar sistemas obsoletos de control y obediencia. El modelo 1.0 se basa en estandarización, disciplinas aisladas, horarios marcados por timbres y aprendizaje pasivo mediante clases expositivas. Premia memorizar, prioriza las notas de los exámenes y divide el aprendizaje en bloques rígidos de tiempo.

Las escuelas guiadas por principios 3.0 y posteriores se centran en quienes aprenden, se adaptan y funcionan en red. Apoyan la agencia mediante trayectorias de aprendizaje diseñadas con los estudiantes y ofrecen experiencias interdisciplinarias, pertinentes y vinculadas con el mundo. Organizan la enseñanza en torno a preguntas orientadoras y desafíos auténticos. Los docentes facilitan procesos y aprenden con otros. Los estudiantes exploran problemas que requieren pensamiento crítico, creatividad y colaboración entre materias.

El tiempo y el espacio se organizan con flexibilidad. Los estudiantes pueden colaborar entre edades, trabajar en proyectos a largo plazo y conectar con pares y mentores de otros países. Las aulas pueden tomar la forma de estudios dinámicos o espacios comunitarios. Los portafolios, las exposiciones y la reflexión amplían las formas de evaluar. El éxito se comprende mediante profundidad de comprensión, crecimiento a lo largo del tiempo y capacidad para comunicar lo aprendido de formas auténticas.

En las escuelas 3.0, la tecnología ayuda a conectar entre culturas, acceder a saberes diversos y expresar ideas con creatividad. Permite explorar, adquirir alfabetizaciones digitales y diseñar respuestas. El currículo incluye inteligencia emocional, pensamiento sistémico, alfabetización mediática y razonamiento crítico. Estas capacidades son pertinentes para afrontar desafíos emergentes y cocrear resultados más justos y sostenibles.

Pasar de 1.0 a 3.0 y más allá exige un rediseño que abarque el espacio, la organización del tiempo, qué se aprende y cómo se evalúa el aprendizaje. El nuevo sistema debe priorizar flexibilidad, colaboración y pertinencia, apoyar la agencia estudiantil y conectar con desafíos del mundo. Debe preparar para cambios rápidos, incertidumbre e interdependencia.

Los problemas actuales exigen revisar las ideas y herramientas heredadas. Debemos redefinir el propósito educativo en torno a las realidades que afrontamos y los futuros que necesitamos construir. Esto requiere enfrentar la inercia estructural y asumir compromisos sistémicos para rediseñar las escuelas a partir de las condiciones de quienes aprenden. Debemos adaptar los sistemas al desarrollo de estudiantes informados, imaginativos y capaces de impulsar cambios con criterio ético. El rediseño deliberado debe sustituir la reproducción de modelos heredados que apenas se sostienen en la realidad socioeconómica más amplia.

La distancia entre las escuelas de ayer y las realidades de hoy exige preguntas difíciles. ¿Esta política rompe con sistemas obsoletos o los refuerza? ¿Este diseño educativo apoya imaginación, colaboración y pertinencia, o conserva obediencia y control? Si nos mantiene atados al pasado, debemos rechazarlo. Cerrar la brecha requiere convertir la educación en un espacio abierto de diseño creativo, donde quienes aprenden puedan prosperar en el futuro y darle forma según sus propios criterios.


Lee y firma Manifesto 25 en https://manifesto25.org.


Referencias y lecturas recomendadas

Anderson, J., & Winthrop, R. (2025). The disengaged teen: Helping kids learn better, feel better, and live better. Penguin Random House.

Carlin, G. (2005). Life is worth losing. https://georgecarlin.com/shop/life-worth-losing/

Fullan, M., Quinn, J., & McEachen, J. (2018). Deep learning: Engage the world change the world. Corwin and Ontario Principals’ Council.

Moravec, J. W. (Ed.) (2013). Knowmad Society. Minneapolis: Education Futures. https://educationfutures.com/publications/knowmad-society/

OECD. (2020). The future of education and skills 2030: OECD learning compass 2030. OECD Publishing. https://www.oecd.org/education/2030-project/