El día escolar comienza con una campana. Los estudiantes pasan de fichas de trabajo a pizarras mientras los bosques arden y los ríos menguan fuera. Los niños memorizan las partes de una hoja mientras desaparecen los árboles que las producían. Las rutinas escolares siguen sin advertir, o sin querer reconocer, que el mundo más allá del aula se está deshaciendo.

La estructura de la educación moderna refleja los sistemas industriales que contribuyeron a nuestra crisis ecológica: extractivos, jerárquicos y estandarizados. Las escuelas preparan para el mundo que causó el colapso y dejan pendiente la preparación para el que debe surgir después.

De Manifesto 25:

Una educación que ignora el planeta es una educación sin futuro. Ante una catástrofe climática inminente, todo currículo que omita el cuidado ambiental resulta deficiente e irresponsable. La educación debe contribuir a configurar los futuros de los estudiantes y el mundo que los rodea. Quienes aprenden necesitan poder crear soluciones y cuidar el planeta. Al desarrollar capacidades y agencia para afrontar grandes desafíos e integrar alfabetizaciones planetarias en un proceso dinámico y flexible, promovemos innovación y una conexión personal con la sostenibilidad que permite efectos duraderos.

El colapso climático define la realidad de nuestro tiempo a escala global. Debemos reinventar la educación para que la sostenibilidad y el cuidado del planeta fundamenten cómo aprendemos, enseñamos y vivimos.

Cuidar el planeta es un buen punto de partida, pero debemos ir más lejos. La Tierra continuará durante miles de millones de años; la vida humana en ella no lo hará, a menos que cambiemos de rumbo.

Quienes aprenden hoy deben poder abordar las causas de la crisis y superar la mera adaptación. Necesitamos reconocerlos como ciudadanos planetarios con comprensión, agencia y responsabilidad para configurar un futuro habitable.

Educar más allá de la conciencia climática

Durante décadas, las escuelas han enseñado sobre el ambiente. Los carteles explican el ciclo del agua y las clases celebran el Día de la Tierra. A veces, los estudiantes construyen hornos solares o separan residuos. Pero la educación ambiental suele terminar en la conciencia: nombra problemas sin ofrecer medios para abordarlos y muestra consecuencias sin herramientas para actuar. Produce una generación informada que reconoce la crisis, pero duda sobre cómo o dónde responder.

El cuidado comienza donde termina la conciencia. Surge cuando invitamos a quienes aprenden a participar en el mundo y a darle forma.

Portada de Construir una rebelión positiva
Este artículo se adaptó como capítulo de Construir una rebelión positiva: Crear nuevos futuros educativos (edición impresa y descarga en PDF).

La capacidad de actuar implica verse como agente de cambio. Aquí resulta esencial unir agencia y autoeficacia. La primera permite decisiones reales; la segunda permite creer que importan. Cuando los estudiantes conectan sus capacidades con los desafíos cercanos, la educación se convierte en una respuesta al mundo guiada por un propósito.

Los consejos juveniles de sostenibilidad, activos de Nairobi a Nueva York, ofrecen un ejemplo. Los estudiantes auditan el consumo energético, rediseñan la gestión de residuos y presentan recomendaciones a consejos escolares. En algunos casos han cambiado presupuestos de distritos. Participan en construir el futuro.

En los proyectos de cartografía comunitaria documentan calidad del aire, inseguridad alimentaria y acceso a zonas verdes. Con herramientas abiertas e indagación guiada producen datos para sus barrios. Los mapas muestran su lugar en el ecosistema y su capacidad para hacerlo más justo.

Muchas iniciativas de gran impacto ocurren fuera del aula. Los clubes ambientales colaboran con granjas, los adolescentes crean aplicaciones sobre migración de aves y los jóvenes organizan encuentros de educación climática o arte público. Estos espacios informales y no formales suelen desarrollar más responsabilidad que una unidad de libro de texto. Prosperan porque los dirigen quienes aprenden, conectan con el lugar y se arraigan en el cuidado.

La capacidad de actuar se practica. Apoyar acciones con sentido en la comunidad construye hábitos duraderos de participación. Al crecer esos hábitos, aumenta la capacidad de pensar más allá de uno mismo y actuar por el colectivo, el futuro y el planeta.

Alfabetizaciones planetarias para un futuro habitable

Responder al colapso ecológico exige nuevas maneras de percibir, imaginar y participar. Las alfabetizaciones planetarias permiten comprender complejidad, anticipar cambios y configurar futuros habitables con cuidado y claridad. Son perspectivas que reformulan todo el aprendizaje.

Tres alfabetizaciones ayudan a afrontar este momento:

  1. La alfabetización ecológica arraiga en patrones del mundo vivo. Permite explorar interdependencia, resiliencia, biodiversidad y límites como condiciones de vida. Comprender una cuenca, la regulación climática de los bosques o los residuos como nutrientes desarrolla conocimiento y respeto. Reconoce que las personas forman parte de la naturaleza.
  2. La alfabetización en futuros, promovida por UNESCO (2019), desarrolla la capacidad de imaginar y preparar futuros posibles. Permite cuestionar supuestos, anticipar consecuencias y ampliar lo imaginable. Ofrece estrategias para explorar alternativas y afrontar incertidumbre con creatividad. Los estudiantes preguntan: «¿Qué podemos hacer juntos para configurar futuros preferidos?».
  3. El pensamiento sistémico permite percibir ciclos, capas y retroalimentación en sistemas ecológicos, sociales o tecnológicos. Muestra que los problemas rara vez son lineales y que causas y consecuencias pueden separarse en tiempo y espacio. Un cambio repercute en el conjunto. Ayuda a conectar disciplinas y escalas, reconocer patrones y diseñar intervenciones con criterio.

Estas alfabetizaciones aparecen en marcos globales. El proyecto Future of education and skills 2030 de la OCDE (2018) destaca pensamiento sistémico y anticipación como competencias para afrontar complejidad. El informe Reimagining our futures together de UNESCO (2021) pide preparar a quienes aprenden para cambios ecológicos e imaginación cívica. Manifesto 25 propone capacidades orientadas al futuro que unen agencia personal y responsabilidad colectiva, una expresión más amplia de alfabetizaciones planetarias.

Estos enfoques comparten una prioridad: perspectiva por encima de contenidos aislados. Una clase de matemáticas puede modelar ciclos de retroalimentación climática. Un seminario de literatura puede explorar ficción especulativa para imaginar futuros. Una unidad de historia puede examinar cómo los sistemas energéticos industriales moldearon desigualdad moderna. Las alfabetizaciones planetarias conectan aprendizaje y vida entre materias.

Un futuro habitable requiere pensar entre fronteras, imaginar más allá de la crisis y actuar con cuidado en un mundo frágil e interdependiente.

Pedagogías regenerativas

Un planeta vivo exige pedagogías vivas. Preparar para vivir en una época de incertidumbre ecológica requiere cambiar cómo ocurre el aprendizaje. La educación regenerativa necesita pedagogías que atiendan al lugar, la cultura y la complejidad. Exige pasar de entrega rígida a participación dinámica, de abstracción a conexión y de fragmentación a integración.

Primero, debemos superar el aislamiento curricular. La crisis climática atraviesa departamentos académicos, y nuestro aprendizaje debe hacerlo también. Las pedagogías regenerativas integran disciplinas para reflejar la complejidad del mundo. Restaurar un humedal local puede reunir biología, ética, análisis de datos, relatos y formación cívica. Los estudiantes aprenden sobre sistemas y dentro de ellos.

Segundo, debemos reconectar con el lugar. La escuela suele ser una actividad interior, separada de estaciones, clima y tierra. El aprendizaje regenerativo invita a bosques, ríos, jardines y comunidades. Las escuelas del bosque permiten vivir ciclos ecológicos. La educación indígena basada en la tierra enseña a escuchar, observar y actuar desde interdependencia y responsabilidad. Donde hay poco acceso, las visitas virtuales a costas que desaparecen o arrecifes frágiles pueden crear conexión emocional y cognitiva.

Tercero, debemos pasar del desempeño a la participación. En las aulas convencionales se suele pedir repetir conocimiento para probar aprendizaje. Las pedagogías regenerativas invitan a participar en su creación: preguntar, proponer respuestas, probar ideas y reflexionar sobre resultados. Es la diferencia entre redactar un ensayo climático y organizar una campaña local para reducir residuos. Participar convierte el aprendizaje en experiencia vivida.

Lo vemos en:

  1. Escuelas del bosque, de origen escandinavo, donde la naturaleza es entorno y maestra y desarrolla resiliencia, curiosidad y conexión.
  2. Educación indígena basada en la tierra, como la de educadores maoríes y de las Primeras Naciones, que integra saber ancestral y cuidado.
  3. Teach the Future, movimiento global que permite a los jóvenes integrar futuros climáticos como imperativo ético entre materias.
  4. Green School Bali, donde sostenibilidad forma parte de la vida, desde aulas de bambú hasta alianzas comunitarias y energía renovable.

La tecnología también tiene un papel cuando se utiliza con propósito. Las simulaciones interactivas, los paneles de datos ambientales en tiempo real y las plataformas de colaboración global pueden apoyar aprendizaje ecológico cuando conectan a quienes aprenden entre sí y con el mundo.

Educar para el planeta requiere superar las campañas de conciencia y las unidades científicas sobre clima. Exige un enfoque pedagógico integral que regenere nuestra conexión con la tierra, otras personas y el futuro. Así prepara para pensar entre escalas, disciplinas y generaciones.

Recuperar la educación para la Tierra

Si la era industrial convirtió la educación en un mecanismo para gestionar recursos humanos y ecológicos, la próxima debe recuperarla como fuerza de regeneración. Debe superar los sistemas que erosionaron la resiliencia del planeta y convertirse en una práctica viva y adaptable que repare, restaure y reimagine nuestra relación con la Tierra.

Esto exige revisar para qué educamos y a quién debe beneficiar.

Una educación regenerativa pregunta qué mundo heredarán y crearán los estudiantes. Cada lección puede reparar. Plantar árboles, probar suelos, restaurar especies y escuchar a mayores contar historias anteriores al pavimento permite convertirse en cuidadores. Imaginar futuros y organizarse muestra cómo aprender puede recomponer lo dañado.

Se trata de supervivencia. El cambio ya ocurre mediante prácticas que se suman: escuelas que compostan residuos alimentarios, aulas que convierten agua de lluvia en jardines y jóvenes que se organizan para exigir acción climática. Son iniciativas de pequeña escala con consecuencias culturales profundas. Enseñan que las acciones importan, que la interconexión existe y que la educación puede regenerar vida.

Para ampliar este cambio debemos afrontar una cuestión más profunda: ¿Cómo diseñar entornos de aprendizaje que reparen el daño? ¿Cómo resistir los ritmos extractivos de pruebas y clasificaciones y apoyar restauración, reflexión y responsabilidad? ¿Cómo situar ecologías locales, saber ancestral y experiencia vivida en el centro del currículo?

Comenzamos con una visión: el compromiso de alinear las prácticas educativas cotidianas con los sistemas vivos que nos sostienen, reconocer a quienes aprenden como ciudadanos planetarios y confiar en que las escuelas puedan ser refugios para reimaginar nuestra vida colectiva en la Tierra.

La educación debe ayudarnos a vivir mejor con la Tierra o habrá fallado en su propósito.


Lee y firma Manifesto 25 en https://manifesto25.org.


Referencias

OECD. (2018). The future of education and skills: Education 2030—The OECD learning compass 2030. Organisation for Economic Co-operation and Development. https://www.oecd.org/education/2030-project/

Scardamalia, M., & Bereiter, C. (2010). A brief history of knowledge building. Canadian Journal of Learning and Technology, 36(1). https://doi.org/10.21432/T2859M

UNESCO. (2019). Embracing a culture of futures thinking: Futures literacy in education. United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000374112

UNESCO. (2021). Reimagining our futures together: A new social contract for education. United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000379707