¿Y si viéramos el activismo como una de las expresiones más auténticas del aprendizaje?
Los estudiantes aprenden más al alzar la voz que al levantar la mano. Cuando organizan protestas, crean proyectos de ayuda mutua o dicen la verdad al poder, hacen suyo el aprendizaje. Sin embargo, las escuelas rara vez reconocen esos momentos como educación. Los adultos suelen tratar las redes de ayuda mutua o los abandonos colectivos de clase como distracciones.
Las instituciones suelen considerar el activismo una amenaza al orden, aunque sea una forma de alfabetización cívica. Esta marginación refleja aversión al riesgo e incomodidad ante el poder estudiantil. Cuando los jóvenes interpelan a los sistemas, exponen la contradicción entre lo que las escuelas dicen enseñar, como pensamiento crítico y participación democrática, y la obediencia absoluta que suelen exigir.
El activismo crea condiciones para la conscientização de Freire (1970), la toma de conciencia mediante reflexión y acción. Es un proceso de diálogo que desarrolla conciencia crítica mediante la praxis. Freire cuestiona los modelos pasivos de educación «bancaria»; Dewey (1938) sostiene que el aprendizaje genuino debe surgir de la experiencia vivida. Lave y Wenger (1998) amplían esa perspectiva al entender el aprendizaje como participación en comunidades de práctica, donde identidad y conocimiento evolucionan juntos. Desde esta mirada, el activismo es aprendizaje experiencial e indagación comunitaria orientada a la justicia.
Freire exige acción crítica y Dewey sitúa el crecimiento en la indagación del mundo real. Juntos permiten comprender el activismo como una forma profunda y urgente de aprendizaje. La teoría de comunidades de práctica de Lave y Wenger (1998) también sugiere que aprendemos cuando participamos con otros en torno a metas y desafíos compartidos. El activismo constituye una comunidad de este tipo: relacional, abierta a la improvisación y arraigada en su contexto.
De Manifesto 25:
El activismo es un espacio donde prospera el desaprendizaje. Mediante la desobediencia civil no violenta, las protestas callejeras, las manifestaciones artísticas o la resistencia escénica, cuestiona el statu quo y reconstruye desde los cimientos. Enseña resiliencia, agencia y valor para confrontar sistemas que fallan, incluida la educación. Los educadores deben reconocerlo como una herramienta central de aprendizaje que permite participar en la construcción del mundo.
Debemos reconocer el activismo como un marco pedagógico propio, que une praxis, reflexión y acción con alfabetización emocional y cívica.
Cultiva sentido de urgencia, juicio y profundidad emocional, capacidades que las escuelas suelen tener dificultades para desarrollar. Permite pasar de observar a participar, de recibir contenidos a configurar contextos. Para que los jóvenes imaginen futuros mejores, debemos permitir que cuestionen los sistemas que bloquean el camino.
Esta pedagogía también recibe críticas. Los movimientos estudiantiles pueden fracasar. Las relaciones de poder entre jóvenes y adultos pueden limitar el diálogo. Participar puede entrañar más riesgos para estudiantes marginados. Estos desafíos exigen integrarla con atención a la seguridad, la reflexión y el contexto.
El trabajo de aprendizaje del activismo
El activismo empieza cuando los jóvenes deciden hablar, intervenir u organizarse para conseguir algo mejor. Esa decisión expresa agencia, y de ella nace el aprendizaje que sigue.
Al participar, los estudiantes dirigen un proceso de descubrimiento para confrontar la injusticia. Formulan preguntas que importan, cuestionan supuestos y experimentan con estrategias para afrontar la complejidad. El activismo se convierte en un aprendizaje cívico en el que diseñan y dirigen el cambio que buscan.
Esto ocurre en tiempo real y bajo presión real. Organizar una salida colectiva de clase exige coordinación, mensajes persuasivos, alfabetización mediática y riesgos emocionales. Crear un mural público requiere investigación histórica, juicio estético y negociación con las partes implicadas. Escribir una carta abierta exige un tono estratégico, razonamiento ético y argumentos basados en evidencia. Ocupar un edificio escolar contra la falta de financiación o una política injusta se convierte en una lección inmersiva sobre derecho, poder, resistencia y decisiones colectivas. Cada paso refuerza la conciencia de que las elecciones de los estudiantes tienen peso.
Los propios estudiantes dirigen este aprendizaje. Nadie les asigna la protesta ni califica la coalición con una rúbrica. Actúan por convicción ante problemas que viven, próximos y urgentes.
La investigación sobre participación cívica y acción participativa juvenil muestra que este activismo autodirigido desarrolla capacidades duraderas como forma de investigación-acción (Cammarota & Fine, 2008). Fortalece la agencia, la conciencia crítica y la persistencia cuando el cambio parece lento o incierto. Los jóvenes necesitan estas disposiciones para participar en democracias, resolver problemas complejos y construir futuros más justos.
Las escuelas pueden apoyar un crecimiento que no pueden guionizar. Los educadores pueden reconocer el activismo como aprendizaje, ayudar a analizar experiencias y conectarlas con sistemas e ideas más amplios. Pueden preguntar: «¿Qué cambio has aportado al mundo?», además de revisar las tareas realizadas.
Cuando los estudiantes se organizan, cuestionan, resisten e imaginan alternativas, participan en un aprendizaje profundo vinculado con su capacidad de dar forma al mundo.
Resiliencia y pertenencia
Las protestas en las que las personas se tumban para representar muertes, las redes de ayuda mutua y las bibliotecas clandestinas muestran dominio de la estrategia mediática, las coaliciones y el cuidado radical. Estas capacidades se desarrollan mediante un aprendizaje corporal y abierto a la improvisación. Los estudiantes seleccionan relatos, gestionan logística, interpretan leyes, colaboran bajo tensión y hablan con claridad moral ante consecuencias reales.
Ningún cuestionario prepara por completo para estas acciones ni ningún currículo las contiene. El aprendizaje es profundo: afinan estrategias, negocian conflictos y revisan valores mediante pruebas, ajustes y cuidado. Aprenden y lideran a la vez.
Integrar el activismo plantea una pregunta ética: ¿cómo apoyar el cambio que dirigen los estudiantes sin imponer una ideología? La respuesta reside en cultivar la indagación cívica, el análisis de sistemas y la reflexión que sostienen acciones basadas en principios. Apoyar la agencia exige valor pedagógico. Los educadores pueden orientar preguntando: ¿Qué estás aprendiendo? ¿Qué viene después? ¿Cómo conecta con quienes actuaron antes?
En distintos lugares, los estudiantes ya lideran. En Kerala combinan saber ecológico y activismo digital. En Santiago interrumpen el transporte para protestar contra la desigualdad. En Minneapolis construyen currículo desde el duelo comunitario. Esto es educación.
Al actuar por el cambio, aprenden a estar presentes para otros, sostener sus valores y construir los futuros que imaginan. Kirshner (2009) sostiene que el activismo juvenil ofrece un contexto para desarrollar identidad cívica, comprender los mecanismos del poder y practicar cómo influir en él. Organizar campañas, negociar con adultos y movilizar compañeros ofrece experiencia de liderazgo, decisiones colectivas y comunicación estratégica. Estas actividades profundizan la pertenencia y la eficacia personal. Los estudiantes se reconocen dentro de un sistema y capaces de configurarlo. El aprendizaje es social y ligado al desarrollo: fomenta solidaridad, fortalece la resolución de problemas e incorpora a los jóvenes a comunidades donde ponen a prueba, adaptan y ejercen valores en tiempo real.
Si queremos que construyan futuros mejores, debemos darles espacio para cuestionar el presente y poder para cambiarlo. El activismo completa la experiencia educativa. ¿Y si las escuelas también aprendieran del activismo juvenil? ¿Y si la propia educación se convirtiera en un acto de liberación?
Lee y firma Manifesto 25 en https://manifesto25.org.
Referencias
Cammarota, J., & Fine, M. (2008). Revolutionizing Education: Youth Participatory Action Research in Motion. Routledge.
Dewey, J. (1938). Experience and education. The Macmillan Company.
Freire, P. (1970). Pedagogy of the Oppressed. Herder and Herder.
Kirshner, B. (2009). Power in numbers: Youth organizing as a context for exploring civic identity.” Journal of Research on Adolescence, 19(3), 414–440. https://doi.org/10.1111/j.1532-7795.2009.00601.x
Lave, J., & Wenger, E. (1998). Communities of practice: Learning, meaning, and identity. Cambridge University Press.



