El problema de separar a quienes aprenden por edad

En la mayoría de las escuelas actuales, los estudiantes se agrupan por edad y avanzan año tras año en cohortes paralelas. Esta estructura simplifica los horarios y la enseñanza del currículo, pero reduce la variedad de experiencias sociales y cognitivas. Los niños se relacionan ante todo con otros de la misma etapa de desarrollo, mientras madres, padres, mayores y vecinos quedan al margen del aprendizaje formal. Bajo este modelo, los adultos determinan la educación de los niños con pocas oportunidades de construirla junto a ellos y sus comunidades.

La agrupación por edad surgió de ideales industriales de eficiencia y control. Simplificó la enseñanza y limitó el contacto con perspectivas diversas. Fuera de la escuela, rara vez vivimos, trabajamos o resolvemos problemas solo con personas de nuestra edad. Sin embargo, las escuelas aíslan a quienes aprenden de uno de los recursos educativos más ricos: unos de otros.

Portada de Construir una rebelión positiva
Este artículo se adaptó como capítulo de Construir una rebelión positiva: Crear nuevos futuros educativos (edición impresa y descarga en PDF).

El aprendizaje nunca estuvo limitado a una edad. A lo largo de la historia y entre culturas, el conocimiento ha circulado mediante trabajo compartido, relatos, imitación y diálogo entre generaciones. Agricultores y herreros enseñaban a aprendices; los abuelos transmitían tradiciones y valores; los hermanos aprendían haciendo juntos. Estas relaciones orgánicas cultivaban confianza, resiliencia y propósito compartido. También permitían alternar los papeles de estudiante y docente.

La investigación confirma el valor del aprendizaje intergeneracional. Los estudiantes mayores que orientan a menores desarrollan empatía, liderazgo y una comprensión más profunda de su propio saber. Los menores ganan confianza, apoyo personalizado e inspiración. Los adultos que aprenden con jóvenes expresan mayor bienestar, propósito renovado y vínculos sociales más fuertes. Los niños conocen experiencias vitales, prácticas culturales y formas de resolver problemas que ningún libro de texto puede ofrecer (Newman y Hatton-Yeo, 2008; Kaplan, 2002).

Aprender entre generaciones resulta vital para afrontar la complejidad actual. Ninguna generación posee todas las respuestas. Los mayores aportan memoria histórica y sabiduría vivida; los jóvenes, adaptación e ideas nuevas. Reunir estas perspectivas permite pasar de la instrucción repetitiva a un aprendizaje relacional que intercambia comprensión, cuidado y resolución compartida de problemas.

De Manifesto 25:

Aprender juntos, enseñar juntos. La educación prospera cuando todos enseñan y aprenden. Superar las divisiones artificiales por edad permite que las escuelas se conviertan en centros donde niños, familias, mayores y miembros de la comunidad intercambien capacidades, ideas y creatividad, como ecosistemas abiertos de conocimiento y relaciones. Los estudiantes mayores orientan a los menores y reciben perspectivas nuevas; las familias y los líderes comunitarios aportan conocimiento del mundo, enriquecido por la curiosidad infantil. Este proceso dinámico y recíproco valora la sabiduría intergeneracional, fortalece vínculos sociales y permite que todos participen en construir futuros con sentido.

Aprender más allá de las divisiones por edad

Fuera de la escuela, la vida familiar, la organización comunitaria y la colaboración profesional requieren relaciones entre generaciones. Las escuelas suelen negar esas oportunidades al colocar a los niños en compartimentos cronológicos que limitan el acceso a una experiencia humana más amplia.

Superar esta estructura requiere rediseñar las escuelas como ecosistemas compartidos de conocimiento. En ellos, los estudiantes mayores aprenden y orientan, aportan experiencia y muestran cómo se crece. Los menores participan con preguntas y perspectivas que abren ideas nuevas. Los docentes pueden aprender junto a ellos y mostrar humildad intelectual y curiosidad.

Los beneficios de superar las divisiones por edad están documentados. Los programas de tutoría entre pares muestran mejoras para tutores y tutorados en rendimiento académico, comunicación y confianza. Las aulas de edades mixtas, habituales en Montessori y escuelas democráticas, tienden a cultivar colaboración, autonomía e inteligencia emocional. Las iniciativas comunitarias que reúnen niños, familias y mayores crean espacio para intercambio cultural y conexión cívica.

Cuando las escuelas acogen a personas de distintas edades, se convierten en espacios cívicos. El aprendizaje se arraiga en relaciones y la educación adquiere profundidad social. Las personas reciben reconocimiento por lo que pueden aportar, lo que permite superar el pensamiento centrado en carencias. El aula se amplía y también lo hace nuestra imaginación de lo que puede ser la educación.

Todos aprenden, todos enseñan

En un ecosistema educativo que funciona, los papeles son fluidos. Los niños pueden enseñar; los mayores, aprender; los docentes, admitir incertidumbre; y las familias, mostrar curiosidad. Suponer que el conocimiento solo fluye del experto al principiante limita la riqueza de la experiencia humana y confunde el desarrollo de conocimiento personal con la transmisión de información. Como construimos conocimiento de forma continua, todos enseñamos y aprendemos, a menudo a la vez.

Reconocer esta reciprocidad exige cambiar nuestra perspectiva y valorar las ideas que puede aportar cualquier persona, con independencia de edad, cargo o credenciales. Un estudiante pequeño puede enseñar programación a otro mayor. Un abuelo puede compartir técnicas narrativas o saber sobre huertos. Una artista local puede crear un mural con niños y combinar técnica e imaginación.

Para cultivar esta cultura debemos diseñar entornos físicos, sociales y culturales que reúnan generaciones en experiencias compartidas. Hay ejemplos en ámbitos formales y no formales:

  1. Centros de aprendizaje multigeneracional. Las escuelas pueden colaborar con bibliotecas, centros comunitarios y talleres de creación para reunir a mayores y jóvenes en proyectos. Whatcom Intergenerational High School, en Washington, recibe visitas habituales de mayores que codirigen seminarios y promueven diálogo crítico entre edades. Estos centros combinan aprendizaje formal e informal, mentoría, relatos y resolución compartida de problemas.
  2. Bancos de tiempo y redes de intercambio de capacidades. Las escuelas pueden adoptar sistemas donde cada persona ofrezca su experiencia a cambio de aprender algo. Un mecánico jubilado puede enseñar física mediante reparación de bicicletas y recibir orientación digital de un adolescente. El centro intergeneracional de St. Joseph’s Home, en Singapur, reúne a mayores y niños en actividades de cuidado recíproco y relatos.
  3. Huertos y aulas al aire libre. Cultivar juntos ofrece un entorno fértil para aprender. En Japón, el proyecto de educación para el desarrollo sostenible de Okayama reúne a mayores y niños para cultivar verduras, conversar sobre cambios estacionales y compartir saberes culturales. Estos huertos profundizan la comprensión de ciclos ecológicos y sistemas alimentarios y fortalecen el respeto entre generaciones. Wang, Huang y Lee (2023) indican que estos programas desarrollan vínculos emocionales, conocimiento alimentario y experiencias colaborativas entre edades.
  4. Proyectos curriculares codiseñados. Estudiantes, familias y comunidad pueden diseñar partes del currículo. En algunas escuelas de Nueva Zelanda influidas por pedagogías maoríes, whānau, la familia extensa, participa en planificar y enseñar contenidos vinculados con historia cultural, valores y lengua (Neha, Reese, Schaughency y Taumoepeau, 2020). El aprendizaje se entiende como responsabilidad colectiva arraigada en lugar, identidad y pertenencia.
  5. Redes vecinales y comunitarias. Las escuelas pueden trabajar en red y apoyar historias orales, mapas de recursos del barrio o colaboración con líderes cívicos sobre desafíos locales. Estos proyectos intergeneracionales hacen tangible y participativo el aprendizaje. Shibuya University Network ofrece clases gratuitas basadas en intereses comunitarios, creadas por personas de distintas trayectorias para otras personas de la comunidad.

Estas estrategias buscan colaboración genuina que supere la participación simbólica. El aprendizaje intergeneracional adquiere alcance cuando todos se sienten valorados, responsables y capaces de contribuir. Las relaciones vivas que se adaptan y crecen permiten ir más allá de transmitir saberes estáticos de mayores a jóvenes.

Al diseñar esta educación debemos preguntar: ¿Quién participa en el aprendizaje? ¿Qué saberes cuentan? ¿Cómo crear ecosistemas donde personas de cualquier edad contribuyan a lo que sabemos y a cómo convivimos?

Dar a todos capacidad para enseñar y aprender centra la educación en participación y contribución, y reduce su dependencia del estatus y el control.

Estrategias para cultivar aprendizaje intergeneracional

Pasar de la aspiración a la práctica requiere estructuras que apoyen confianza, colaboración y responsabilidad compartida. Estas cinco estrategias, basadas en modelos existentes, pueden ayudar a escuelas y comunidades a crear ecosistemas recíprocos:

  1. Crear espacios compartidos de aprendizaje. Diseñar entornos acogedores donde personas de todas las edades colaboren en proyectos: aulas multiuso, talleres de creación, bibliotecas y espacios exteriores que inviten a reunirse y explorar. Su éxito depende de una infraestructura flexible que responda a necesidades físicas, sensoriales y sociales. Comodidad, accesibilidad y apertura permiten moverse, descansar e interactuar. También necesitan gobierno compartido: niños y mayores deben intervenir en cómo se utiliza y mantiene el espacio. Las normas creadas juntos cultivan confianza, responsabilidad y pertenencia.
  2. Cultivar mentoría entre edades. Establecer rutinas que reúnan mayores y menores para apoyo académico, proyectos creativos y relatos personales. Los mentores desarrollan liderazgo y los menores reciben ánimo y orientación personalizada. Los programas necesitan tiempo previsto dentro de la jornada para construir confianza entre edades. Los mayores requieren preparación básica para apoyar a sus pares y oportunidades para reflexionar sobre la experiencia y su crecimiento. Reconocer la mentoría como actividad central de aprendizaje da valor al tiempo y atención necesarios para formar relaciones.
  3. Invitar a la comunidad a enseñar en colaboración. Ofrecer oportunidades habituales para que familias, mayores, artesanos y trabajadores compartan capacidades e historias junto a docentes. La dirección debe revisar quién cuenta como «docente» y las políticas de acceso al aula, seguridad y diseño de la enseñanza. El currículo debe admitir conocimiento comunitario y recorridos de aprendizaje no lineales guiados por experiencia. Mantener la confianza requiere contacto sostenido, escucha y capacidad de respuesta, en especial con grupos que han sido excluidos de la escuela.
  4. Situar el aprendizaje en proyectos comunitarios reales. Llevar el aula a los barrios y formar equipos intergeneracionales que afronten restauración ecológica, justicia alimentaria o historia oral. Las escuelas necesitan relaciones a largo plazo con organizaciones, líderes cívicos y familias para codiseñar proyectos pertinentes, respetuosos y arraigados en el lugar. Los acuerdos deben definir funciones, expectativas y beneficios mutuos. La evaluación debe valorar proceso, colaboración e impacto. Estos proyectos necesitan ciclos de participación largos que permitan formar confianza, reconocer dificultades y desarrollar respuestas.
  5. Valorar alfabetizaciones y formas de conocer diversas. Reconocer tradiciones orales, prácticas corporales y experiencia vivida como conocimiento, junto a textos y contenidos formales. Los docentes necesitan apoyo para desarrollar pedagogías que sostengan culturas y múltiples formas de expresión, como relatos, movimiento, artesanía y creación digital. Esto exige formación y flexibilidad estructural para admitir distintos modos de evaluación, expresión y comentarios. Las aulas deben permitir construir conocimiento mediante conversación, reflexión y práctica, más allá de pruebas y tareas rígidas.

El aprendizaje intergeneracional refleja cómo han aprendido los seres humanos durante buena parte de la historia. Abrir las escuelas al mundo y permitir que cada persona enseñe y aprenda devuelve a la educación su propósito social. Se convierte en un sistema vivo de reciprocidad, arraigado en confianza, conexión y crecimiento compartido.

Acoger voces diversas, flexibilizar fronteras de edad y valorar la sabiduría cotidiana crea aulas inclusivas y comunidades más fuertes. El futuro del aprendizaje mejora con nuestra disposición a aprender con otros y de otros entre generaciones, contextos y experiencias.

La educación prospera cuando supera las líneas que nos separan y construye los puentes que necesitamos.


Lee y firma Manifesto 25 en https://manifesto25.org.


Referencias y lecturas recomendadas

Kaplan, M. S. (2002). Intergenerational programs in schools: Considerations of form and function. International Review of Education, 48(5), 305-334. https://doi.org/10.1023/A:1021231713392

Neha, T., Reese, E., Schaughency, E., & Taumoepeau, M. (2020). The role of whānau (New Zealand Māori families) for Māori children’s early learning. Developmental psychology, 56(8), 1518–1531. https://doi.org/10.1037/dev0000835

Newman, S. and Hutton-Yeo, A. (2008) Intergenerational learning and the contributions of older people. Ageing Horizons, 8, 31-39.

Wang, P. C., Huang, J. W., & Lee, D. C. (2023). Participation in Intergenerational Food and Agriculture Education Programs Effectively Promotes Place Attachment. International journal of environmental research and public health, 20(5), 4616. https://doi.org/10.3390/ijerph20054616