En el centro de una educación con sentido hay una idea: quienes aprenden prosperan cuando se confía en su capacidad para orientar el aprendizaje y creen que pueden tener éxito. Esta unión de agencia, disponer de opciones reales, y autoeficacia, creer que uno puede actuar sobre esas opciones, convierte el cumplimiento rutinario en crecimiento con propósito.

De Manifesto 25:

El nirvana se encuentra en la unión de la agencia y la autoeficacia. Cuando estudiantes y educadores alcanzan la libertad para trazar su camino y la confianza en su capacidad para lograrlo, la educación supera sus metas tradicionales y cumple su propósito: permitir que las personas vivan con plenitud y dejen una huella. Las escuelas deben cultivar este equilibrio combinando el aprendizaje basado en decisiones con oportunidades sostenidas para desarrollar y demostrar competencia. Esta unión permite que los estudiantes encuentren la inspiración y la visión necesarias para crear el futuro.

La agencia sin autoeficacia puede carecer de rumbo. Quien tiene opciones, pero carece de habilidades o confianza, puede desconectarse. La autoeficacia sin agencia se convierte en obediencia: permite seguir planes ajenos sin dirigir los propios. La capacidad de actuar surge cuando las personas tienen libertad y medios para tomar decisiones con sentido, reflexionar sobre su progreso y adaptarse con propósito.

Portada de Construir una rebelión positiva
Este artículo se adaptó como capítulo de Construir una rebelión positiva: Crear nuevos futuros educativos.

Las escuelas suelen quedarse cortas en ambas dimensiones. Presentan como «alternativas» o «elecciones» decisiones superficiales sobre asignaturas optativas, colores o distribución de asientos, mientras miden la competencia con exámenes de consecuencias decisivas. Quienes aprenden recorren un sistema que respeta poco su autonomía y su confianza. Para cambiarlo, los entornos deben apoyar tanto la libertad como el crecimiento.

Esto implica diseñar juntos las metas, ofrecer distintas maneras de demostrar la comprensión y reservar espacio para revisar, fallar y reflexionar. Quienes examinan su progreso y comprenden que pueden influir en él toman la iniciativa, perseveran y piensan en el futuro con creatividad.

La mente necesita agencia y autoeficacia

La neurociencia y la psicología confirman lo que muchos educadores conocen: el aprendizaje prospera cuando las personas se sienten autónomas y capaces.

La agencia, la sensación de control sobre nuestras acciones, resulta clave para la motivación. Cuando los estudiantes toman decisiones reales, el cerebro libera dopamina, que alimenta la curiosidad y la implicación. Según la teoría de la autodeterminación (Deci & Ryan, 1985), la autonomía mejora el desempeño, la creatividad y la perseverancia.

La autoeficacia, creer en la propia capacidad para tener éxito, tiene la misma importancia. Albert Bandura (1997) encontró que permite predecir el esfuerzo, la respuesta a los contratiempos y la persistencia. La confianza en la propia capacidad favorece la resiliencia y el crecimiento.

La ciencia cognitiva muestra que decidir y fijar metas activa la corteza prefrontal y fortalece la planificación, la autorregulación y la adaptación. Cuando las personas ejercen su agencia y experimentan avances, desarrollan hábitos mentales que sostienen el aprendizaje durante toda la vida.

La unión de ambas dimensiones apoya la motivación, la salud mental y la flexibilidad del pensamiento. Es esencial para aprender con profundidad y sentido.

Un tema central de Manifesto 25 es que la educación convencional parte de supuestos obsoletos sobre la motivación y suele priorizar la obediencia. Restringir la agencia y la autoeficacia reprime el aprendizaje. Los entornos que apoyan el crecimiento ofrecen opciones con sentido y refuerzan la confianza en la capacidad de actuar. Esa combinación ayuda a afrontar la incertidumbre con claridad, resiliencia y propósito.

Diseñar para unir agencia y autoeficacia

Esta unión exige revisar cómo se organiza y apoya el aprendizaje. Cinco principios ayudan a llevarla a la práctica:

  1. Un currículo que permita hacerlo propio y encontrar propósito. Invitar a los estudiantes al diseño curricular permite que la relevancia alimente la motivación y esta profundice el aprendizaje. Introducir flexibilidad en qué y cómo se aprende exige conservar la profundidad. Podemos organizarlo en torno a problemas abiertos e interdisciplinarios: ¿Cómo hacer nuestro campus más sostenible? ¿A quién recuerda la historia y por qué?
  2. Una evaluación que construya confianza. La autoeficacia crece con avances reales. La evaluación debe ser transparente, variada y formativa. Los portafolios, la retroalimentación entre pares, las presentaciones públicas y la fijación de metas ayudan a reconocer el crecimiento.
  3. Estructuras que apoyen la autonomía. La agencia necesita acompañamiento. La planificación semanal, las reuniones de seguimiento, los diarios de reflexión y las tutorías ayudan a gestionar la complejidad sin abandonar a quien aprende.
  4. Una cultura de confianza, expectativas altas y pertenencia. La autoeficacia crece en entornos seguros. Las normas compartidas, el respeto mutuo y el reconocimiento permiten que las personas sepan que su voz cuenta y que pueden influir.
  5. Los educadores también necesitan agencia y autoeficacia. Diseñan experiencias, hacen preguntas, ofrecen comentarios y aprenden con otros. Necesitan tiempo, confianza y autonomía. Un sistema que les niega agencia difícilmente puede desarrollarla en sus estudiantes.

En la práctica

Los entornos que apoyan ambas dimensiones muestran concentración, energía y propósito. Tienen una estructura deliberada y ofrecen libertad junto con herramientas para ejercerla. Los límites son claros y apoyan la experimentación y el crecimiento. Los estudiantes realizan trabajo que importa, guiados por expectativas que ayudan a definir con sus compañeros y docentes.

En High Tech High, en Estados Unidos, los estudiantes diseñan proyectos con sus docentes, presentan ideas, revisan su trabajo y lo comparten en público. En las escuelas Lumiar de Brasil, eligen desafíos temáticos que orientan su educación. Los portafolios y las conversaciones periódicas permiten seguir el progreso. En Finlandia, los estudiantes participan en reuniones de clase donde contribuyen a decidir las normas, las metas de aprendizaje y las prioridades.

Encontramos elementos de esta combinación en distintos entornos; estos ejemplos muestran cómo construir escuelas de otra manera. Con las estructuras adecuadas, se trata a los estudiantes como personas capaces y reflexivas. Se les da espacio para crecer y se les pide asumir la responsabilidad de ese crecimiento. Ese equilibrio convierte la escuela en un lugar con propósito.

Cambiar las escuelas exige cuestionar hábitos antiguos y superar la idea de que la educación consiste en controlar. Como plantea el manifiesto, su propósito es ayudar a imaginar cómo podría ser el mundo y a hacerlo realidad. La agencia y la autoeficacia hacen posible este aprendizaje y deben formar parte de sus cimientos.

Cuando las personas saben que tienen opciones reales y creen que pueden influir, empiezan a dar forma al futuro. Las escuelas que apoyan esta disposición las preparan para dirigirlo.


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Referencias y lecturas recomendadas

Bandura, A. (1997). Self-efficacy: The exercise of control. W H Freeman/Times Books/ Henry Holt & Co.

Deci, E. L., & Ryan, R. M. (1985). Intrinsic motivation and self-determination in human behavior. New York: Plenum Press.